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viernes, 19 de septiembre de 2014

Novela en construcción. Fragmento C7

Cuarenta minutos más tarde, Pablo ocupaba el asiento del copiloto.
Miguel observó con atención cada uno de los gestos de su compañero hizo desde que lo vio salir del portal, intentando leer en su rostro una pista sobre cómo había ido la cena con Lucía, pero Pablo se limitó a saludarlo con un gesto de cabeza cuando reconoció el coche y un seco “hola” cuando subió. Encendió la radio en cuanto Miguel arrancó el motor, cortando así cualquier intento del joven rubio de iniciar una conversación. Jenny from the block retumbó en los altavoces.

-          ¿Dónde es? – preguntó cuando por fin decidió hablar tras quince minutos de conducción silenciosa.
-          En Marbella. Nivel uno, algo sencillo. Tenemos que averiguar dónde esconde un viejo ricachón a Cristina y Anita.
-          ¿Ha secuestrado a dos chicas? – preguntó Pablo abriendo los ojos totalmente escandalizado.
-          No, hombre, no seas fatalista. He dicho nivel uno – mirándolo como si eso lo explicara todo. – Es el nombre de una embarcación pequeña. No sabemos exactamente de qué tipo, ni en qué puerta está atracada, si es que están en un puerto y no escondida en algún otro sitio. A bordo contiene unos ficheros con datos muy importantes para La Compañía, parece ser que ha descubierto a qué se dedican algunos de nuestros  buscadores y planea chantajearlos. Hay que recuperar o destruir esos documentos, pero para eso tenemos que localizar antes a Cristina y Anita.
-          ¿Y qué pasará con él?
-          ¿Con quién?
-          Con el viejo ricachón.
-          No lo sé. Tampoco me importa, sinceramente. Es un tío que no sabe lo que quiere, pero que está dispuesto a todo para conseguirlo. Se merece lo que le pase. Creo que tiene tratos con la mafia rusa por toda la costa – agregó encogiéndose de hombros. – Ésta preocupación por el objetivo no es habitual. ¿Tiene algo que ver con tu cena de anoche con tu amiga? ¿No fue bien?
-          Fue mejor de lo que esperaba – admitió Pablo. – Se lo tomó con bastante… diplomacia. Y apenas hizo preguntas, aunque esta mañana me advirtió que tenía muchas y que me haría más cuando nos viéramos de nuevo.
-          Espera, espera – interrumpió Miguel con una sonrisa flotándole en los labios. – No sé si he oído bien. ¿Has dicho esta mañana?

Pablo no consiguió reprimir una sonrisa y se pasó la mano por el pelo mientras asentía.

-          ¿Vuelve a pasar la noche contigo y tú lo calificas como “se lo tomó con diplomacia”? ¡Eres un cabrón con mucha suerte! Si su primera reacción ha sido esa, con el tiempo solo puede mejorar. ¡Lo has conseguido!
-          No es tan sencillo, Miguel. Me está dando una tregua. Quiere creer mis palabras, mis explicaciones, y está frenando sus dudas y su curiosidad natural. En algún momento llegarán sus preguntas, y estoy seguro de que serán lo suficientemente afiladas como para poner en apuros esta precaria situación.
-          Pero estás ignorando lo más importante de todo. Ella quiere creerte, tienes su predisposición. Seguirá a tu lado si tú no la cagas con una nueva mentira.

No respondió. Meditó en silencio sobre lo que su amigo acababa de decir y se dio cuenta de lo mucho que se parecía a lo que le había dicho Paty por teléfono: “No vuelvas a cagarla y ella volverá junto a ti”. Dejó vagar su mirada por el paisaje marino. El día estaba despejado y el mar brillaba con los reflejos del sol. Casi no había viento, por lo que el agua se mantenía en calma, sin apenas ondulaciones ni movimiento. Tendría que volver a hablar con Lucía. Había omitido deliberadamente el detalle de que ese trabajo era para toda la vida, pero ahora sabía que debía contárselo cuanto antes. En los pocos meses que llevaba en La Compañía había oído muchos rumores sobre agentes que trataban de dejar sus obligaciones y desaparecían misteriosamente, o sufrían accidentes con el coche cuando volvían a casa del supermercado. Miguel le había dado a entender que esa información contenía parte de verdad, pero que tampoco era cierta por completo. Era preferible que nadie dejara La Compañía, sí, manejaban mucha información delicada y cualquier agente “liberado” podía sufrir la tentación de lucrarse con esos datos. También era verdad que algunos agentes habían intentado retirarse de malas maneras y habían sufrido las consecuencias de intentar amenazar a La Compañía. Sin embargo, no era lo habitual. Según Miguel, los trabajadores retirados desaparecían por voluntad propia. Tras años de dedicación a una vida poco convencional, la mayoría prefería mudarse a lugares donde nadie los conociera, rompiendo todos los lazos existentes con su modo de vida anterior.

-          ¿Por qué no la invitas a conocer La Compañía? Que vea nuestro trabajo. – Pablo empezó a negar con la cabeza, pero Miguel no se dio por aludido. – Quizás cuando nos conozca desde dentro cambia de opinión respecto a lo de respetar la privacidad, como tú dices. Y te entenderá mejor. Tú no tendrás que explicarle nada porque ella ya lo habrá visto de primera mano y, quién sabe, puede que incluso se anime a trabajar con nosotros.
-          No – negó Pablo endureciendo el rostro.
-          No, ¿qué?
-          No trabajará con nosotros.
¿Por qué no? Sería la manera más fácil de ahorrarte mentiras y excusas, a ambos bandos. No puedes ocultarla para siempre. Y creo que no existe ninguna norma de empresa que te prohíba mantener relaciones con los compañeros de trabajo – bromeó Miguel.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Novela en construcción. Fragmento C8.

Intentó mantener la calma y no dejar entrever el desasosiego que empezaba a poseerla, pero mientras Valeria relataba cómo había intentado hablar con él y solo había conseguido acabar con un buen dolor de cabeza, Lucía ya tenía la mente puesta en cómo salir de esa situación sin implicar más a su amiga. Quizás lo más fácil era explicarle cómo funcionaba esa banda y ella misma, pero eso era crear algo impredecible. No sabía si eso frenaría a Valeria o solo le daría más alas y la colocaría a ella en una posición de primera línea de fuego.

Klaus Augenthaler, así se llamaba el engominado, y fue lo único que Lucía retuvo de todos los datos que Valeria le fue dando. No escuchó nada sobre la coincidencia de fechas, ni sobre sus muchos viajes a los lugares donde casualmente vivían los chantajeados y, por supuesto, nada de los lacayos que le hacían el trabajo sucio. La vibración de su móvil sobre la mesa la devolvió a la cafetería. La periodista levantó la vista de sus papeles y miró extrañada el teléfono, estaba tan ensimismada con su explicación que la interrupción le había parecido insólita.

-          -  Es Paty – dijo Lucía disculpándose con la mirada. – Para que comamos juntas por aquí. ¿Te apuntas?

Valeria negó con la cabeza. Le caía bien Paty, pero era demasiado enérgica para su estilo, y esa mañana estaba demasiado emocionada con los acontecimientos del día como para añadir más explosión de hormonas a su vida. Había tenido la impresión de que Lucía se distraía mientras hablaba, pero ahora su amiga la miraba fijamente y casi podía ver cómo su cerebro no dejaba de pensar y pensar.

-          -  ¿Me has seguido hasta ahora? ¿Lo entiendes? – Lucía asintió despacio, en un gesto que Valeria interpretó como preocupación. – Ahora te voy a enseñar lo que recibí esta mañana.

Dentro de la carpeta azul, bajo unas cuantas hojas en blanco, había un sobre marrón. Lo extrajo con delicadeza, como si temiera que se pudiera desintegrar en sus manos. Lucía nunca había visto una ficha policial, pero suponía que se parecía bastante a lo que su amiga le pasaba en ese instante, salvo por la ausencia de fotos. Quienquiera que fuera el emisor de ese extraño paquete había estado siguiendo la pista de dos hombres a los que relacionaba con diferentes casos de robo de información. Nada sólido, ninguna prueba contundente, pero para alguien como Valeria que llevaba tiempo con el tema, era  todo un descubrimiento. Dos nombres: Carlos Aroca y Álvaro Calderón, los hilos de los que tirar por los que clamaba la periodista. Y una pequeña anotación entre paréntesis al lado de cada uno de los nombres que hizo abrir los ojos como platos a Lucía: buscador.

Buscadores. Valeria advirtió como su amiga iba perdiendo el color del rostro hasta quedarse lívida, estaba negando esa intuición desde que empezó a leer los documentos, dispuesta a creer cualquier cosa antes que la verdad, pero ya no podía negarlo más. Tenía que aceptar que Valeria estaba investigando la misma organización para la que Pablo ahora trabajaba: La Compañía.

-         -  Lu, ¿te encuentras bien? Has perdido el color.
-          - Sí, sí, no te preocupes.
-          - ¿Quieres que te traiga un vaso de agua o un refresco? Realmente tienes mala cara- insistió Valeria preocupada.

Lucía se escudó tras un largo sorbo de café mientras su amiga la analizaba minuciosamente con la mirada. Tenía que tomar una decisión y tenía que hacerlo rápido. No sabía qué consecuencias, ni hasta donde podían llegar estas, tendría que le contara lo que ella sabía sobre La Compañía y su manera de trabajar, aunque sí tenía claro que era exponer a Pablo. Además, implicaba tener que abrirle los ojos a una nueva realidad. Una realidad que se salía de la lógica convencional y, para alguien tan pragmática como Valeria, sería frustrante. Sin embargo, tampoco podía parar ya. Tanto si ayudaba a la periodista como si no, Lucía necesitaba saber mucho más. Tenía que hablar con Pablo inmediatamente.

-          - ¿Confías en mí? – preguntó sin más preámbulos, mirando fijamente a los ojos de su amiga.
-          - Sé que es una pregunta trampa – respondió Valeria revolviéndose incómoda en su asiento, - pero deduzco que una negativa a estas alturas no tiene sentido. Confío en ti. ¿Qué ocurre?
-          -Puedo contarte algunas cosas sobre el tema, pero antes tengo que hablar con alguien.
-          - ¿Sabes algo? ¿Tienes que pedir permiso? – inquirió rápidamente la segunda pregunta frunciendo el ceño.
-          - No, pero es un tema complicado. De explicar y de entender. ¿Puedo llamarte más tarde?
-          - ¿Y te vas a ir así? ¿Sin más? – Lucía apuraba su café, intentando aguantar el semblante. Su pregunta era retórica, no esperaba permiso para marcharse de allí, pero Valeria no parecía dispuesta a dejarla. - ¿A quién estás protegiendo?

Casi se atraganta con el café al escuchar la pregunta. Desvió la mirada hacia su móvil, buscando una salida mágica a aquella situación.

-          - ¿Se trata de Pablo, verdad? – Lucía tragó saliva antes de mirar a su amiga a la cara, dispuesta a mentir con total descaro. – No trates de ocultarlo. Has puesto esa mirada.
-          - ¿Qué mirada?
-          - La de estar dispuesta a interponerte entre un tren a toda mecha y él. La misma que tenías cuando estabais juntos – Valeria esperó unos segundos. - ¿Cuándo has vuelto con él?
-          - Ese no es el tema, Vale.
-          - ¡La leche que te parió, Lu! Ese es precisamente el tema. Siempre lo ha sido.